miércoles, 3 de marzo de 2010

EN MI GETSEMANI

martes, 27 de octubre de 2009

Confidencias de Jesús a un Sacerdote

Mons. Ottavio Michelini

23 de Octubre de 1975

¿QUIÉNES SON LOS OBISPOS?

Los Obispos son aquellos a quienes Yo, Sacerdote Eterno, he llamado para hacerlos partícipes de mi Eterno Sacerdocio. Los Obispos son los sucesores de mis Apóstoles. Los Obispos son los jefes de las Iglesias locales.

Los Obispos con el Papa mi Vicario en la tierra a la cabeza, forman el colegio apostólico.

Los Obispos, unidos al Papa, son los depositarios y los custodios, los que difunden y los defensores de mi Divina Palabra. "Id y predicad mi Evangelio a todas las gentes".

Los Obispos, con el Papa son los administradores de los frutos de la Redención; puesto que son partícipes de la plenitud de mi Sacerdocio, deberían todos poseer el don de la sabiduría.

He dicho: todos deberían poseerlo. Por desgracia no es así y quienes lo poseen lo poseen en diferentes grados, como la luz que no tiene siempre la misma intensidad. Una es la luz del sol en pleno medio día, otra es la claridad que proviene de la luna, otra la de la lámpara y otra la de la luciérnaga.



¿Quizá el Espíritu Santo ha sido imparcial? No, hi­jo mío. El grado de sabiduría está en relación con el grado de correspondencia a los impulsos de la gracia.

Aquellos que con atenta y vigilante sensibilidad han respondido generosamente y valerosamente, a veces heroicamente y con perseverancia a los impulsos de la gracia, no dejándolos caer en el vacío, están llenos de sabiduría.

Quien menos ha correspondido menos ha recibido. Quienes no la poseen del todo quiere decir que han cerrado el camino al Espíritu Santo con su presunción y soberbia, raíz de todos los males.

Simplismo presuntuoso

Hijo, mis Apóstoles, durante los tres años vividos junto a Mí, no hicieron grandes progresos en la vía de la perfección.

¿La razón? El simplismo presuntuoso del que estaba embebido su espíritu. Lo confirman sus necias preguntas dirigidas a Mí en varias ocasiones, excepción hecha del Apóstol predilecto, porque su espíritu puro, sim­ple y humilde lo hizo sumamente querido a Mí y al Espíritu Santo quien lo enriqueció con el don de la sabiduría, todavía antes de Pentecostés.

Después de mi Resurrección me aparecí a mi Madre, a la Magdalena, a Lázaro, a los discípulos de Emaús y a otros; en cambio no lo hice inmediatamente a mis Apóstoles quienes por ello fue­ron humillados, arrepentidos y también un poquitín resentidos.

Esta lección sirvió para hacerlos entrar en sí mismos; sirvió para inducirlos a reflexionar en la gravedad de su huida, en su comportamiento poco honorable en el tiempo de mí Pasión.

El simplismo presuntuoso del que estaba empapado su espíritu fue la causa del profundo sueño del que fueron presa. No estuvieron vigilantes, dando así el flanco a la emboscada del Ene­migo que los venció.

Durante los cuarenta días que precedieron a mi As­censión, Yo vacié su orgullo, los preparé a la separación de la Ascensión y sobre todo los preparé volver su ánimo dispo­nible a la acción del Espíritu de sabiduría.

Les conferí el poder sacerdotal culminado con la plenitud de mi sacerdocio del Pentecostés.

Una cruzada incesante

La presunción es como un muro insalvable que se erige entre Dios y el alma. Aquellos entre los Obispos que están contagiados de ella no admitirán jamás que Yo te haya escogido a ti, pequeña gota de agua, imantada y atraída hacia abajo, para la realización de este designio mío de Amor.

¿Porqué muchos pastores de mi grey no se preguntan la razón de la esterilidad de su febril actividad?

Ya he ha­blado de esto en mi precedente mensaje dirigido a ellos, pe­ro voluntariamente lo repito ya que es talmente importante y determi­nante para su alma y para las a ellos con­fiadas, que jamás será dicho suficiente.

En la edad media se convocaron las cruzadas entre los cristianos para liberar mi Sepulcro. Ciertamente mi Se­pulcro es sagrado porque hospedó Mi Cuerpo Santísimo.

Pero mi Sepulcro sin embargo no es más que una tumba, que no vale lo que un alma cuyo precio es infinito, cuyo precio es el Misterio de mi Redención.

Las cruzadas entran en el plano el Misterio de la salvación en marcha. Tienen su razón de símbolo, una razón figurativa; es­tán para indicar la necesidad de hacer una cruzada ince­sante contra el Príncipe de las tinieblas y sus tenebrosos ejércitos. Satanás es homicida en el sentido más verdadero de la palabra.

Único Fin

Mi Encarnación, mi Pasión y Muerte, tienen como único fin la liberación de las almas de la mortífera esclavi­tud de Satanás.

La participación de mi Sacerdocio a los obispos y a los sacerdotes tiene el único fin de hacerlos corredentores míos en la lucha contra el poder de las Tinieblas, en una cruzada sin interrupciones, conducida con sabiduría, inteligencia y constancia usando las armas indica­das por Mí con la palabra y sobre todo con el ejemplo.

No hay alternativas. Si en mi Iglesia se hubiera hecho buen uso de estas armas, bien otra sería hoy la situación en el mundo. Satanás domina porque no ha sido obstaculizado en su avance.

Ser corredentores quiere decir (¡si lo entendieran bien obispos y sacerdotes!) seguirme en el camino seguro de la humildad, la pobreza, del sufrimiento, del amor, de la obediencia y de la paternidad firme y estable en defensa de la verdad de la que ellos con mi Vicario son depositarios y custodios, en defensa de la justicia tan conculcada y denigrada.

No pueden los obispos ignorar ni siquiera por un ins­tante que se nace para morir y que se muere para iniciar la verdadera vida, la vida eterna. Es a ésta hacia donde hace falta dirigir mente, corazón y energías; a esta vida eterna que el Padre ha preparado y pagado con la humi­llación de la Encarnación mía y de mi Inmolación en la Cruz.

No pueden los obispos ni mis sacerdotes ignorar u ol­vidar que el Enemigo del hombre no se da tregua, sino que día y noche lanza sus ataques para arrastrar las almas a la perdición.

No con las obras exteriores, no con la herejía de la acción ni con otros medios inadecuados a la áspera lu­cha contra un Enemigo mucho más fuerte y potente que ellos...

No se debe subestimar

Yo he trazado el plan de defensa que ellos no han sabido llevar a cabo; mirándome y siguiéndo­me en la Cruz, podrían sacar fuerzas para hacer frente y vencer a su Adversario que no se debe subestimar.

Hijo, las contradicciones que se dan en mi Iglesia, la anarquía imperante, el trastorno y perversión de la doctrina y de la moral, la desorientació n en la que andan a tientas sacerdotes y fieles, no son sin cau­sa.

¿Quieres algún ejemplo? Observa las salas de cine. En la iglesia se habla un lenguaje, en el cine, considerada la estructura esencial, se habla otro opuesto.

En la iglesia se habla de Dios; en las salas parroquia­les se divulgan a menudo el materialismo, la sensualidad, la violencia.

En el mensaje precedente he dicho: mejor sin sacer­dotes antes que transformar el seminario en viveros de he­rejes. ¿De quién es la responsabilidad de tanto mal? ¿De este caos? Una parte considerable recae sobre los que disponiendo de los poderes necesarios, no han actuado.

Esta insensatez es tremenda. Están inactivos, desar­mados frente a la fascinante avanzada de las fuerzas del Mal.

Sin embargo Yo he vencido al mundo. Mi Madre ha aplasta­do la cabeza de la Serpiente por su humildad. Solamente unidos a Mí en la humildad, pobreza, obedien­cia y sufrimiento, se puede vencer al Enemigo de vues­tras almas.

Pero, tranquilo vivir, respeto humano, intereses, temor a perder el favor de la gente, han vuelto ciegos a aquellos que debían ser guía y luz de las almas.

Lo que se dice del cine se puede por desgracia decir, de otras dolorosísimas situacio­nes, por ejemplo: la enseñanza religiosa en las escuelas confiada a sacerdotes herejes.

¡Sí! Cuántas semillas se han arrojado en el alma de muchachos y muchachas en la edad más crítica y no siem­pre por sacerdotes de vida ejemplar.

Mejor habría sido con­fiar esta delicadísima misión a buenos laicos (y de ello mucho bien hubiera venido) antes que a sacerdotes trocados en demonios, en lobos rapaces.

La rigidez que tantos pastores han usado para sofocar en el silencio muchas intervenciones mías y de mi Ma­dre en esta hora de tinieblas, en esta hora de Barrabás, podía haber sido usada con razón en bien diversas circunstancias con resultados mejores.

Errores e inmoralidad son divulgados por medios propagandísticos directa e in­directamente en las estructuras parroquiales ¿Los obispos no han comprendido este problema central de la Iglesia?

¿No se dan cuenta de que ellos mismos han abierto de par en par las puertas al Adversario del cual ahora demuestran no conocer sus astucias, sus insidias, sus trampas, su potencia y sus seducciones?

¿No se dan cuenta de las tremen­das contradicciones de las que está embebida su pastoral? El Enemigo ha desatado una gran batalla con el materialismo, que es como su encarnación; ha triunfado en sus ataques sin encontrar sino débiles contraataques.

Urge poner remedios

Hijo mío, con gran amargura debo ha­cer esta llamada, porque urge poner remedios para preparar los ánimos con la oración y la penitencia.

La hora de la Misericordia está para ceder a la hora de la Justicia. Es necesario poner remedios preparando las al­mas con el volverlas conscientes, de que la hora grave que está a punto de sonar, no de­be ser imputada a mi Padre, sino a su pecado y a su desarme contra las fuerzas del Mal.

Es necesario obrar sin vacilación para que muchas al­mas no sean arrastradas por la oscuridad de la noche que está por sobrevenir.

¡No temas! Grítalo fuerte, que los hombres tienen oídos para oír y no oyen, tienen ojos para ver y no ven. La luz se ha extinguido en sus corazones.

Pero ¡no prevalecerán las fuerzas del Mal! Mi Iglesia será purificada de las locuras de la soberbia humana y, al final, el amor de mi Madre y vuestra también triunfa­rá.

Te bendigo, hijo. Reza, reza y ofréceme tus sufrimien­tos.

jueves, 8 de octubre de 2009

PIDE Y SE TE DARA, LLAMA Y SE TE ABRIRA, BUSCA Y ENCONTRARAS

Lucas 11,5-13.
Jesús agregó: "Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a
él a medianoche, para decirle: 'Amigo, préstame tres panes,
porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle',
y desde adentro él le responde: 'No me fastidies; ahora la puerta está
cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para
dártelos'.
Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo,
se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo
necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y
se les abrirá.
Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le
abre.
¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una piedra cuando le pide
pan? ¿Y si le pide un pescado, le dará en su lugar una serpiente?
¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más
el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan".

sábado, 3 de octubre de 2009

LEVANTO MIS MANOS

ESTA CANCION , ES PARA CUANDO NOS FLAQUEA LA FE, Y SE NOS DESMORONA LA VIDA Y LAS ESPERANZAS.

sábado, 5 de septiembre de 2009

Domingo XXIII


EL TEXTO DE ISAÍAS


Este poema de Isaías expresa un precioso símbolo de la bendición que significa la presencia de Dios. En la profecía de Isaías se incluyen varios poemas. Además de ser un hombre profundamente inspirado, el autor es un literato y un poeta magnífico. Este canto es un anuncio "profético", en el sentido de que se expresa la fe en la superación futura de todo mal. Es la misma idea que se representa en relato del Paraíso... hasta la visiones de "LA TIERRA NUEVA Y EL CIELO NUEVO" del Apocalipsis. Más que anuncios del futuro son actos de fe en Dios, el que salva del mal, del caos, de la muerte...
El contexto del canto es El Destierro (razón por la cual el texto no parece ser de Isaías, muy anterior, sino del "segundo Isaías", interpolado más tarde). El pueblo desterrado recibe la promesa del regreso a una Tierra Ideal. Se presenta esta restauración con preciosas imágenes de una naturaleza idílica, la supresión de toda enfermedad, la abundancia, el triunfo de Sión. Dios lo hará.
Textos como éste van a dar lugar, por corrupción, a una esperanza mesiánica deformada. Se entienden los signos como realidades, y se va a esperar un Mesías que realice físicamente todas esas promesas de triunfo exterior, de reconstrucción - para Israel por supuesto - del "Paraíso en la Tierra".
Nosotros entendemos el sentido más espiritual del Destierro - imagen de la vida en oscuridad, privada de la evidencia de Dios - y del Retorno - imagen de la Patria, la restauración de nuestra condición humana en libertad, como Hijos de Dios en la Casa del
Padre.

LA CARTA DE SANTIAGO
No necesita explicación especial. Es interesante ver cómo existían ya estos problemas de "acepción de personas" precisamente en aquellas primeras comunidades, presentadas tantas veces (sobre todo en LOS HECHOS) como ideales y perfectas. En este párrafo encontramos una idea común de estos tiempos: la constancia de que los pobres y sencillos han recibido mejor La Buena Noticia.

EL EVANGELIO DE MARCOS
Presenta a Jesús en la región de Fenicia, junto a Sidón, al norte, camino del Mar de Galilea (aunque el itinerario que marca el texto no parece muy acorde con la geografía del país). Cura a un sordomudo, intentando que la curación quede en secreto, a pesar de lo cual todo se divulga provocando el asombro general.
Curiosamente, éste es uno de los pocos milagros (3 en total) narrados por Marcos y no recogidos por Mateo. Se repiten en el relato varias actitudes características de Jesús ante los enfermos: se detiene, se lo lleva aparte, le toca, le cura. Y le manda que lo mantenga en secreto. Es frecuente en el evangelio de Marcos lo que se llama "el secreto mesiánico". Jesús pretende que sus milagros no se divulguen. Se ha interpretado - en el contexto general de Marcos - como un intento de Jesús de evitar la popularidad fácil, el mesianismo político, el entusiasmo exterior de las gentes. Jesús no es el Mesías milagrero que da de comer a multitudes y sana toda enfermedad, no es una panacea para el bienestar físico del pueblo, ni un candidato al poder político. Jesús oculta sus acciones y cada vez más dirige sus actos y sus palabras hacia el grupo reducido que va a entender la esencia del mensaje.
Sin embargo, el comentario de la gente es significativo: todo el mundo está admirado de las obras de Jesús: nadie ha hecho milagros como este hombre. La reacción de la gente va a ser de entusiasmo hasta querer hacerlo rey (Juan 6,15). Cuando Jesús rechace este tipo de Mesianismo, cuando la gente se dé cuenta de que Jesús no propone este tipo de triunfo sino el triunfo sobre el pecado, la conversión, la popularidad de Jesús disminuirá.
Se ha llamado a esto "la crisis galilea", reflejada en Juan 6 a propósito del "sermón del pan de vida", que hemos leído durante los domingos anteriores.



R E F L E X I Ó N


El evangelio de hoy y el texto de Isaías nos llevan a reflexionar sobre la esencia del mensaje de Jesús, de la Palabra de Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento, y de nuestra propia religiosidad. La pregunta última es: "¿qué esperas de Dios?". Y la respuesta es, quizá: "que me libre del mal". O, mejor aún, "que me ayude a conseguir felicidad". La felicidad del ciego es ver; la felicidad del sordomudo es oír y hablar. Eso es lo que esperan de Jesús. Eso es lo que Jesús les da, y sacan la conclusión de que ésa es la misión del Mesías: que nos proporcione la felicidad tal como nosotros la entendemos.
Pero es exactamente eso lo que rehuye Jesús, ése es el mesianismo que rechaza.
Lo esencial del tema del secreto mesiánico está en lo que puede parecer sólo un hábil juego de palabras. Los judíos, al ver los milagros de Jesús, están dispuestos a aceptar que Jesús es el Mesías, el que ellos esperaban, la solución de todos los problemas, de la enfermedad, del hambre, de la injusticia, de la opresión romana... de todo. Pero Jesús les invita a otra aceptación: tienen que aceptar que el Mesías es Jesús, y no va a ser lo que ellos esperaban, sino otra cosa muy distinta. En esta misma línea se inscriben las predicciones de la pasión, el rechazo que de ellas hacen los discípulos, la recriminación de Pedro a Jesús y la violenta respuesta de Jesús a Pedro. Finalmente, el rechazo oficial de fariseos, doctores y sacerdotes constituirá la negativa completa del Israel a aceptar ese Mesías.
Como casi siempre, las situaciones históricas reflejadas en los evangelios adquieren carácter simbólico, representativo de los dramas religiosos de nuestra propia conciencia y de la vida de la iglesia. El problema de aquellos judíos respecto a Jesús es también nuestro problema, y uno de nuestros problemas más íntimos. Aceptar a Dios como es, como se manifiesta, no como a mí me gustaría que fuera.
En los milagros, el objetivo de Jesús no es primariamente la salud del enfermo, sino la manifestación de que "Dios está aquí", en Jesús, y de que es "EL MÉDICO", no el juez. Y la presencia de Dios en Jesús no consiste en hacer de esta vida un paraíso, sino en hacer que esta vida sirva de camino al Paraíso. Esta vida no es un Paraíso. Aquí está el mal, presente como dolor, pobreza, muerte, injusticia, falta de libertad ... pecado. Y eso no lo arregla Dios con milagros. Lo experimentamos todos los días. El Pueblo de Israel descubrió esta dificultad y la expresó con tremenda fuerza en el Libro de Job, el justo agobiado de desgracias, situación incomprensible para la fe primitiva.
Así, el MILAGRO DE LOS MILAGROS consiste precisamente en creer en Dios a pesar del mal. Nuestra razón exige que si Dios existe no exista el mal. Jesús manifiesta que Dios es nuestra fuerza contra el mal… y que nos necesita para liberar del mal a los demás.
Éste es el núcleo básico de la fe cristiana: el conocimiento de Dios, de que Dios es eso, no lo que nuestra razón se imagina. Este es el trasfondo último de los tres mandamientos del primitivo Decálogo:

NO TENDRÁS OTRO DIOS DELANTE DE MÍ
NO TE HARÁS IMÁGENES DE DIOS
NO USARÁS EN VANO EL NOMBRE DE DIOS

que vienen a significar lo mismo: no te imagines a Dios ni lo uses para lo que crees que te conviene: escucha la Palabra y descubre cómo se manifiesta Dios. Y Dios se manifiesta en Jesús, "el que todo lo hizo bien, el que pasó haciendo el bien, curando, enseñando...". La fe consiste en aceptar ese Dios. Su consecuencia para nuestra vida es también evidente: nuestra fe en Dios no sirve para hacer más confortable nuestra vida (que es lo que pedimos en nuestras oraciones) sino para comprometernos en hacer nuestra vida útil; eso es "salvar la vida". Solemos pedir a Dios que nos libre del dolor, de la pobreza ... y Dios nos enseña a usar el dolor, la pobreza... y, lo que es más difícil, a usar el placer y la riqueza, que también amenazan - quizá más - nuestra libertad.



PARA NUESTRA ORACIÓN


Nuestra búsqueda de felicidad, nuestras peticiones a Dios para que nos ayude a conseguirla, nos conducen a preguntarnos qué concepto de felicidad tenía el mismo Jesús. Y lo sabemos, tenemos su “código de felicidad”.
"Bienaventurados", o "dichosos, felices"... un "código de felicidad según Jesús". No un código moral, no unos preceptos a cumplir, sino una exclamación de Jesús traducible por "¡cuánto más dichosos serías si fuerais más pobres, si aprendierais a sufrir, si fuerais limpios de corazón, si supierais perdonar...!"
Debemos compararlo con nuestros criterios de felicidad, y darnos cuenta de que nuestro corazón está escasamente convertido, de que seguimos sirviendo a dos señores. El señor principal es nuestro modo de pensar sobre la vida y la felicidad, nuestra búsqueda de bienestar aquí, nuestra manera de entender a Dios como remedio de mis males de aquí y proporcionador de éxitos que deseo.... El otro señor es Jesús, la Palabra; pero le servimos en cuanto sea compatible con el primero.
Un sangrante ejemplo es nuestro tipo de sociedad: nosotros somos ricos, gastamos, deterioramos el planeta, producimos la miseria del resto del mundo. Conmovidos por la miseria de los demás y movidos por la palabra de Jesús, ayudamos un poco, con lo que nos sobra, a otros seres humanos. Pero nunca ponemos en cuestión nuestro tipo de sociedad, nuestro tipo de explotación del mundo, nuestro tipo de consumo. ¿A quién servimos primero?

viernes, 7 de agosto de 2009

TRES JORNADAS EN LOURDES

La Renovación Carismática Católica de la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes invita a tres jornadas parroquiales de Evangelización, Crecimiento y Sanación interior , Lema : "Proclamen que el Reino de Dios esta cerca" Mt. 10,7
Estas se realizaran en el templo de Lourdes (Av. Rocha 1290) los días 15, 22, 29 de agosto de 15 a 17,30 horas.
Para mayor información llamar al teléfono 442170 o 15518356.

martes, 21 de julio de 2009

Por un destello de tu gloria

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jueves, 9 de julio de 2009

NUEVA ENCICLICA PAPAL."CARITAS IN VERITATE"

CONCLUSIÓN

78. Sin Dios el hombre no sabe donde ir ni tampoco logra entender quién es. Ante los grandes problemas del desarrollo de los pueblos, que nos impulsan casi al desasosiego y al abatimiento, viene en nuestro auxilio la palabra de Jesucristo, que nos hace saber: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Y nos anima: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final del mundo» (Mt 28,20). Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia. Pablo VI nos ha recordado en la Populorum progressio que el hombre no es capaz de gobernar por sí mismo su propio progreso, porque él solo no puede fundar un verdadero humanismo. Sólo si pensamos que se nos ha llamado individualmente y como comunidad a formar parte de la familia de Dios como hijos suyos, seremos capaces de forjar un pensamiento nuevo y sacar nuevas energías al servicio de un humanismo íntegro y verdadero. Por tanto, la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano,[157] que vivifique la caridad y que se deje guiar por la verdad, acogiendo una y otra como un don permanente de Dios. La disponibilidad para con Dios provoca la disponibilidad para con los hermanos y una vida entendida como una tarea solidaria y gozosa. Al contrario, la cerrazón ideológica a Dios y el indiferentismo ateo, que olvida al Creador y corre el peligro de olvidar también los valores humanos, se presentan hoy como uno de los mayores obstáculos para el desarrollo. El humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano. Solamente un humanismo abierto al Absoluto nos puede guiar en la promoción y realización de formas de vida social y civil —en el ámbito de las estructuras, las instituciones, la cultura y el ethos—, protegiéndonos del riesgo de quedar apresados por las modas del momento. La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos, entre éxitos y fracasos, y en la tarea constante de dar un recto ordenamiento a las realidades humanas. El amor de Dios nos invita a salir de lo que es limitado y no definitivo, nos da valor para trabajar y seguir en busca del bien de todos, aun cuando no se realice inmediatamente, aun cuando lo que consigamos nosotros, las autoridades políticas y los agentes económicos, sea siempre menos de lo que anhelamos[158]. Dios nos da la fuerza para luchar y sufrir por amor al bien común, porque Él es nuestro Todo, nuestra esperanza más grande.

79. El desarrollo necesita cristianos con los brazos levantados hacia Dios en oración, cristianos conscientes de que el amor lleno de verdad, caritas in veritate, del que procede el auténtico desarrollo, no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don. Por ello, también en los momentos más difíciles y complejos, además de actuar con sensatez, hemos de volvernos ante todo a su amor. El desarrollo conlleva atención a la vida espiritual, tener en cuenta seriamente la experiencia de fe en Dios, de fraternidad espiritual en Cristo, de confianza en la Providencia y en la Misericordia divina, de amor y perdón, de renuncia a uno mismo, de acogida del prójimo, de justicia y de paz. Todo esto es indispensable para transformar los «corazones de piedra» en «corazones de carne» (Ez 36,26), y hacer así la vida terrena más «divina» y por tanto más digna del hombre. Todo esto es del hombre, porque el hombre es sujeto de su existencia; y a la vez es de Dios, porque Dios es el principio y el fin de todo lo que tiene valor y nos redime: «el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co 3,22-23). El anhelo del cristiano es que toda la familia humana pueda invocar a Dios como «Padre nuestro». Que junto al Hijo unigénito, todos los hombres puedan aprender a rezar al Padre y a suplicarle con las palabras que el mismo Jesús nos ha enseñado, que sepamos santificarlo viviendo según su voluntad, y tengamos también el pan necesario de cada día, comprensión y generosidad con los que nos ofenden, que no se nos someta excesivamente a las pruebas y se nos libre del mal (cf. Mt 6,9-13).

Al concluir el Año Paulino, me complace expresar este deseo con las mismas palabras del Apóstol en su carta a los Romanos: «Que vuestra caridad no sea una farsa: aborreced lo malo y apegaos a lo bueno. Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros, estimando a los demás más que a uno mismo» (12,9-10). Que la Virgen María, proclamada por Pablo VI Mater Ecclesiae y honrada por el pueblo cristiano como Speculum iustitiae y Regina pacis, nos proteja y nos obtenga por su intercesión celestial la fuerza, la esperanza y la alegría necesaria para continuar generosamente la tarea en favor del «desarrollo de todo el hombre y de todos los hombres»[159].

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de junio, solemnidad de San Pedro y San Pablo, del año 2009, quinto de mi Pontificado.



BENEDICTO XVI