viernes, 16 de enero de 2009

Como cristianos, ¿somos alegres, o cabizbajos como las vacas?


Debemos crear o mantener un reino de alegría en nuestras familias, en nuestros grupos, en nuestros ambientes apostólicos.


Como cristianos, ¿somos alegres, o cabizbajos como las vacas?
La alegría es algo propio de la juventud y de los corazones jóvenes (de espíritu). Por eso, es algo característico de los cristianos, o por lo menos debería serlo. El cristiano tiene que ser alegre e irradiar su alegría a los que le rodean. Debemos crear o mantener un reino de alegría en nuestras familias, en nuestros grupos, en nuestros ambientes apostólicos.

¿Cuándo nos hemos reído con ganas por última vez? No esa sonrisa cortés para cumplir en sociedad, o ese aplauso forzado aunque el chiste no tenga gracia, sino una risa sincera, sana, espontánea, que brota de dentro. No es que haya que reír siempre, pero sí hay que manifestar siempre el fruto del Espíritu que es la alegría y que sigue al amor.

¿Qué rostros ven los demás en nosotros? El andar con cara larga no redunda en honra de Dios, a quien profesamos servir y nos gloriamos en amar. “O cambias de cara o cambias de gurú”, dijo a un discípulo su maestro, que consideraba mala propaganda para su escuela tener discípulos tristones a su lado. Un famoso juez americano no se hizo pastor, porque los eclesiásticos que conocía parecían, por su apariencia y conducta, ser empleados de una funeraria. “No entristezcan al Espíritu Santo”, dice San Pablo (Ef 4.30). Y es bien posible que el Espíritu no se encuentre muy a gusto tras rostros serios y expresiones amargadas. Si llevamos a Dios dentro, debería notársenos en la cara.

No se trata de forzar la sonrisa, de fingir la alegría como se hace en la industria moderna del vender y convencer: sonrisas de mercado, rostros alquilados para ganar clientes. Entre tanta sonrisa fingida, no es extraño que perdamos el sentido de la alegría auténtica, libre, espontánea. Hay que devolverle al mundo la capacidad de alegrarse por dentro y por fuera.

Quizás deben cambiar algunas cosas. Si hasta ahora mi hermano o mi hermana me ponían los nervios de punta y no debían acercarse a mí, en adelante debiera ser distinto. O si me he vuelto muy susceptible frente a mis papás, debería cambiar mi actitud frente a ellos.

Tal vez, hasta hoy nos parecíamos a una botella de champaña, cuyo corcho salta fácilmente hasta el cielorraso.

Debemos esforzarnos por ser alegres y desbordantes de alegría, así como corresponde a una persona joven. Hemos de ser pequeñas águilas que no descansan, que siempre de nuevo quieren llegar al sol, que siempre están alegres, y que también permanecen alegres cuando Dios les manda cruces y sufrimientos.

Debemos dar a los demás todo el cariño y el amor que podamos, también besos, abrazos, caricias. En la familia y en el matrimonio no podemos ni debemos renunciar a estas nobles alegrías sensibles. En este terreno no les está permitido querer hacer sacrificios: no les está permitida la frialdad. Porque si no hacemos de nuestras familias un reino de la alegría, los hijos se escaparán y buscarán otras alegrías y no siempre tan sanas. Pero si los hijos encuentran todas las alegrías que necesiten en la propia familia, se sienten de inmediato bien en ella.

Detrás de aquello se esconde una ley. En una comunidad reina a la larga, o la atmósfera de alegría o atmósfera de pantano. Una cosa intermedia no es posible. Pienso que todos nos damos cuenta de la gran importancia de la alegría para que reine un buen espíritu en nuestros grupos, en nuestras familias y en nuestros corazones.

Preguntas para la reflexión
1. ¿Dependemos en cada momento de nuestros estados de ánimo: hoy contentos, mañana con mal genio?
2. ¿Somos personas alegres, optimistas que ven también el lado bueno de las cosas?
3. ¿Somos más bien pesimistas, andamos como las vacas siempre cabizbajos?
4. ¿Cómo reaccionamos ante los golpes y problemas de la vida, ante el sufrimiento y la cruz?


Fuente :catholic net

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